Críticas

2001: Una odisea en el espacio (...y otra de paciencia)

Kubrick fue un cineasta extraordinario y 2001: una odisea en el espacio me parece extraordinariamente aburrida. Ambas cosas pueden convivir.

Por Iñaki Lobo Sánchez · · 7 min de lectura · 1518 palabras

2001: una odisea en el espacio — crítica de la película de Stanley Kubrick

2001: una odisea en el espacio (1968) se ha convertido en una película prácticamente intocable. Criticar sus defectos parece, para algunos, poco menos que un atentado contra el séptimo arte.

Me da la sensación de que opinar sobre Stanley Kubrick de una forma crítica equivale, para determinados espectadores, a no entender el cine. Como si su nombre fuese una especie de salvoconducto que obligara a etiquetar de «obra maestra» cualquier cosa que haya rodado.

Kubrick fue un cineasta extraordinario. Sin embargo, 2001 me parece una película extraordinariamente aburrida. Creo que ambas cosas pueden convivir perfectamente en mi cabeza y estoy seguro que también en la de muchas otras personas.

La película parte de una idea que, sobre el papel, resulta fascinante: una inteligencia desconocida interviene en la evolución de la humanidad y deja unas estructuras que parecen desafiar nuestra comprensión. De ahí saltamos a una misión espacial, a una inteligencia artificial llamada HAL 9000 y a una sucesión de acontecimientos que pretende llevarnos desde el origen de la humanidad hasta algo parecido a una transformación cósmica. Lo dicho: una premisa cojonuda.

La película que Kubrick decidió construir alrededor de ella exige una paciencia que yo no tengo. 2001 dura aproximadamente dos horas con treinta minutos y buena parte de ese tiempo parece dedicada a comprobar cuánto puede permanecer un espectador mirando algo antes de preguntarse qué coño está haciendo allí sentado.

Los primeros minutos nos llevan hasta una comunidad de homínidos que salta, gruñe, come, se pelea y descubre un misterioso monolito. La secuencia contiene la que probablemente sea la elipsis más brillante de la historia del cine: un hueso lanzado al aire se transforma en una nave espacial y Kubrick salta millones de años de evolución en un solo movimiento. Eso sí es cine.

El problema es que llevamos consumidos quince minutos y después toca esperar... y esperar... y esperar un poco más. Durante la siguiente media hora contemplamos naves espaciales tardando una eternidad en llegar allá donde tienen que ir. Pero solo hemos empezado, porque los siguientes treinta y cinco minutos los pasaremos contemplando a los astronautas comer, hacer ejercicio, dormir, hablar por videollamada, reparar antenas, jugar al ajedrez, caminar por pasillos blancos, abrir puertas, cerrarlas, caminar por otros pasillos y volver a abrir puertas. Todo mientras tú podrías haber ido a vaciar la vejiga sin que recuperar la trama argumental fuese un drama.

Kubrick filma cada desplazamiento como si el hecho de que un astronauta atraviese un corredor fuese una revelación sobre la condición humana. La puesta en escena es espectacular, no lo discuto, el diseño de producción sigue siendo impresionante: Las naves, los interiores, los trajes, las estaciones espaciales y la manera de representar la gravedad artificial tienen una precisión que deja en evidencia a muchas producciones posteriores. Los efectos especiales fueron una barbaridad para 1968. Kubrick y su equipo hicieron auténtica ingeniería cinematográfica para conseguir imágenes que todavía funcionan. Pero una película puede tener una fotografía extraordinaria y seguir siendo un coñazo. Ese es mi problema con 2001.

La película juega a representar demasiados momentos contemplativos como narración argumental. Kubrick tiene una obsesión evidente por observar: naves, astronautas, máquinas, espacios. Observa cómo una nave aterriza y vuelve a observar cómo una nave aterriza. Por muy bien que esté rodada, no deja de ser una escena de una nave aterrizando.

Hay un momento en el que una estación espacial gira lentamente mientras suena El Danubio Azul de Johann Strauss. La imagen es preciosa... y también larguísima. Kubrick parece decirle al espectador: mira qué bonito. Y tú miras, porque la imagen es bonita. Sigues mirando porque la imagen sigue siendo bonita... y llega un momento en el que empiezas a sospechar que la película se ha olvidado de que estás ahí, mirando.

Después aparecen los astronautas y HAL. La entidad es probablemente el elemento que más me interesa de toda la película porque, por fin, sucede algo. La inteligencia artificial tiene una personalidad inquietante, habla con serenidad e incomoda mientras conduce la película hacia su tramo más reconocible. El problema es que, para llegar hasta allí, Kubrick te ha hecho atravesar innecesariamente alrededor de una hora y veinte minutos y, cuando llega el conflicto, tampoco se da prisa. Se toma otro cuarto de hora más o menos. Es su estilo, lo sé. Pero también es mi problema.

Soy consciente de que muchos espectadores encuentran fascinante esa lentitud. Lo que a mí me fascina es que alguien, utilizando únicamente su nombre, haya conseguido convertir una nave espacial entrando en una estación orbital en una prueba de resistencia parsimónica.

La parte final abandona directamente cualquier intención de facilitarte las cosas como espectador. Otros soporíferos veinte minutos de colores, formas, luces, paisajes cósmicos, música de Ligeti y una sucesión de imágenes psicodélicas que parecen querer representar algo que cada espectador debe interpretar por su cuenta y riesgo. Seamos honestos: aquí Kubrick ya no está contando nada. Creo que tuvo un mal viaje... vete a saber de qué... y tiró para delante porque tenía que hacerlo, dando origen, a la vez que continuidad, a uno de los grandes problemas (o virtudes, según se mire) de esta producción: su ambigüedad.

Por lo general, no tengo ningún problema con una historia que no lo explica todo. De hecho, a muchas les sienta bien dejar cierto espacio para la interpretación del público. Lo que no compro es que la falta de contexto o de respuestas conviertan automáticamente una obra visual en algo profundo. Un misterio es un misterio y una película que no te cuenta de qué va, te está tomando el pelo.

Tampoco puedo negar que 2001 tiene imágenes que pertenecen por derecho propio a la historia del cine: el monolito, el hueso convertido en nave espacial, HAL, el traje espacial, la estación orbital, el Stargate, el feto cósmico... Kubrick sabía componer imágenes. Lo que no tengo tan claro es que supiese contar una historia a través de ellas.

Y aquí está la contradicción que me interesa del director: no considero que fuese un genio en el sentido casi religioso con el que suele utilizarse esa palabra. Creo que fue un cineasta singular hasta extremos difíciles de ignorar. Su forma de rodar cambió con cada película y, al mismo tiempo, mantuvo una obsesión enfermiza por controlar los detalles.

Después de 2001 llegaron La naranja mecánica (1971), El resplandor (1980), La chaqueta metálica (1987) y Eyes Wide Shut (1999). Películas completamente diferentes entre sí, pero todas reconocibles por una personalidad visual y narrativa inimitable. Y me encantan. Ahí sí me interesa Kubrick.

La naranja mecánica (https://www.imdb.com/es-es/title/tt0066921/?ref_=nv_sr_srsg_0_tt_7_nm_1_in_0_q_clockwo) tiene una identidad que todavía incomoda al espectador moderno. El resplandor (https://www.imdb.com/es-es/title/tt0081505/?ref_=nv_sr_srsg_3_tt_7_nm_1_in_0_q_the%20shinn) ha conseguido convertirse en una de las adaptaciones más reconocibles de la novela de Stephen King y una referencia permanente dentro del cine de terror. La chaqueta metálica (https://www.imdb.com/es-es/title/tt0093058/?ref_=nv_sr_srsg_0_tt_8_nm_0_in_0_q_full%20metal) utiliza la disciplina militar para construir una obra que se divide prácticamente en dos mitades y, aun así, mantiene una personalidad brutal. Eyes Wide Shut (https://www.imdb.com/es-es/title/tt0120663/?ref_=nv_sr_srsg_0_tt_8_nm_0_in_0_q_eyes) convierte una historia aparentemente sencilla en una experiencia extraña, fría y deliberadamente irreverente. Kubrick podía hacer cosas extraordinarias. Pero era fácil que se pasase tres pueblos y 2001 es, para mí, la prueba.

La película tiene potencial para construir una epopeya: un diseño visual impresionante, efectos especiales adelantados a su tiempo y una elipsis que probablemente enseñaría cualquier profesor de cine con orgullo. Lástima que lo transformase en una «Warholada».

Hay gente que debería haberse dedicado a la fotografía, al diseño de producción o a los efectos especiales para dejar libre la butaca del director. No por ello quiero reducir a Kubrick a 2001, porque sería injusto. Su filmografía posterior demuestra que aquella narrativa de excesos y extravagancias no era casual. Era su manera de entender el cine. Quien se mete en su obra tiene que entender y aceptar que Kubrick no te lleva de la mano. Te deja delante de la pantalla y espera que seas tú quien se busque la vida. Conmigo se pasó de frenada.

Por eso no voy a fingir que 2001 me parece esa obra maestra que citan los críticos y los gafapastas que van de eminencias cinematográficas. A esos «gurús del cine» a los que les encanta sentar cátedra en sitios como Filmaffinity (https://www.filmaffinity.com/es/main.html) les tengo que decir que me parece una película bien hecha que está mal contada. Puedo reconocer la importancia de Kubrick, admirar el diseño de una nave espacial, reconocer una proeza técnica y entender lo que pretende una película. Pero esa no puede ser la excusa para que un cineasta me convenza de que no he perdido dos horas y media de mi vida.

Kubrick es una institución artística digna de estudio, un manual de cine en sí mismo. Pero 2001: una odisea en el espacio (1968) (https://www.imdb.com/es-es/title/tt0062622/) sigue siendo, para mí, una odisea de paciencia.