Bela Lugosi, el hombre que inmortalizó a Drácula

La historia de Bela Lugosi, el actor húngaro que dio rostro definitivo al Conde Drácula y convirtió al vampiro en un icono eterno del cine.

Por Misery Ratty · · 6 min de lectura · 1242 palabras

Bela Lugosi, el hombre que inmortalizó a Drácula

Cuando pensamos en Drácula, casi todos imaginamos la misma figura: una capa negra, una mirada hipnótica, un castillo cubierto de sombras y un aristócrata elegante que habla despacio mientras se aproxima a su víctima. Esa imagen no nació exactamente de la novela de Bram Stoker. Realmente, el culpable fue el cine. Y el principal responsable de que el vampiro adquiriese esa apariencia fue Bela Lugosi.

Pero antes de llegar a él hay que retroceder varios siglos atrás. Porque, aunque el cine terminó romantizando al personaje, el origen real de Drácula es bastante más oscuro y desagradable de lo que muchas películas han mostrado.

Vlad el Empalador: el monstruo real

El Drácula histórico fue Vlad III, príncipe de Valaquia nacido en 1430 y conocido popularmente como Vlad el Empalador. El sobrenombre de «Drácula» proviene del término rumano «Drac», relacionado con el diablo, mientras que en algunas regiones balcánicas «Drakul» terminó asociándose a criaturas vampíricas.

Lo cierto es que el auténtico Vlad daba bastante más miedo que cualquier vampiro de ficción. Era un noble obsesionado con la tortura y el castigo. Aprendió de los otomanos la técnica del empalamiento y terminó convirtiéndola en una seña personal de brutalidad. Sus métodos eran salvajes incluso para los estándares de la época. Las crónicas históricas le atribuyen castigos atroces, ejecuciones públicas y una crueldad enfermiza hacia enemigos y súbditos.

Durante años fue encerrado por Matthias Corvinus, pero ni siquiera el cautiverio logró frenar sus impulsos violentos. La leyenda cuenta que sobornaba a los guardias para conseguir pequeños animales y seguir practicando sus macabras obsesiones. Murió combatiendo contra los turcos en 1476. Su cabeza fue enviada al sultán otomano conservada en miel como prueba de su muerte. Y, aun así, probablemente habría quedado reducido a una figura histórica más de no ser porque siglos después un escritor irlandés encontró inspiración en su figura.

Bram Stoker y el nacimiento del mito

En 1897, Bram Stoker publicó Drácula. Paradójicamente, la novela no convirtió a Stoker en un hombre rico ni especialmente famoso durante su vida. Murió en 1912 prácticamente arruinado y sin sospechar que había creado uno de los personajes más importantes de la cultura popular.

La obra mezclaba superstición, terror victoriano, sexualidad reprimida y folklore europeo. Y, aunque el personaje literario ya poseía una enorme fuerza, todavía faltaba alguien que terminara de darle rostro definitivo. Ese alguien fue Bela Lugosi.

Antes de Drácula: el cine vampírico y Nosferatu

El vampiro llevaba tiempo seduciendo al cine mucho antes de Lugosi. En 1922, F. W. Murnau dirigió Nosferatu, una de las grandes obras maestras del cine mudo. El Conde Orlok, interpretado por Max Schreck, era radicalmente distinto al Drácula elegante que llegaría después. Era una criatura enfermiza, encorvada, casi cadavérica, con uñas largas y aspecto de rata humana. Aquel Nosferatu representaba la peste, la muerte y la podredumbre.

Con el paso de las décadas el vampiro fue transformándose. En los años treinta y cuarenta adoptó una imagen sofisticada y seductora. En los cincuenta y sesenta ganó un tono más romántico y perverso. En los ochenta terminó mezclándose con el terror juvenil y la estética videoclipera. Y desde los noventa el género ha intentado combinar todas esas versiones simultáneamente.

Bela Lugosi: una vida marcada por el exilio

Bela Lugosi nació el 20 de octubre de 1882 en Lugos, territorio que hoy pertenece a Rumanía. Procedía de una familia acomodada, aunque la muerte de su padre cuando era todavía un niño lo obligó a trabajar en oficios muy duros antes de dedicarse plenamente a la interpretación. Fue minero, ferroviario y peón hasta lograr estabilizar su situación.

Con el tiempo comenzó estudios teatrales en Budapest y acabó convirtiéndose en una figura reconocida dentro del teatro y el cine húngaro. Pero su vida también estuvo profundamente marcada por la política. Lugosi apoyó activamente movimientos obreros y participó en organizaciones sindicales vinculadas al mundo artístico. Su implicación política terminó forzándolo al exilio en 1919. Primero se trasladó a Alemania y, posteriormente, huyó hacia Estados Unidos durante el ascenso del nazismo.

El encuentro con Drácula

En los años veinte comenzó a trabajar en teatros estadounidenses interpretando papeles menores. Su inglés todavía era limitado y muchas veces memorizaba diálogos fonéticamente. Hasta que llegó 1927.

El productor teatral John L. Balderston le ofreció participar en una adaptación teatral de Drácula para Broadway. Y ahí nació la leyenda: Lugosi entendió perfectamente al personaje. Su acento extranjero, su mirada intensa y aquella manera tan elegante de moverse terminaron construyendo un Drácula completamente nuevo.

Cuando Tod Browning llevó la historia al cine en 1931 con Drácula, Bela Lugosi se convirtió automáticamente en un icono universal del terror. Aunque lo más irónico es que ni siquiera había sido la primera opción para el papel.

El hombre que quedó atrapado en la capa

El éxito de Drácula fue gigantesco. Pero también terminó condenando parcialmente a Lugosi. Hollywood comenzó a verlo únicamente como actor de terror.

Durante los años siguientes apareció en clásicos como White Zombie (1932), Murders in the Rue Morgue (1932) o La isla de las almas perdidas (1932).

Y aquí aparece otra de las grandes leyendas de Hollywood: su supuesta rivalidad con Boris Karloff.

Lugosi rechazó interpretar al monstruo de Frankenstein, papel que terminó en manos de Karloff y que acabaría convirtiéndolo en otro gigante absoluto del terror clásico.

Durante décadas se alimentó el rumor de una enemistad feroz entre ambos actores. Sin embargo, muchos testimonios posteriores apuntan a que realmente se respetaban bastante más de lo que Hollywood quiso vender.

El declive y Ed Wood

Con la llegada de los años cuarenta el terror clásico comenzó a perder fuerza frente a otros géneros como la ciencia ficción.

A eso se sumaron los problemas de alcoholismo y adicción de Lugosi. Hollywood empezó a olvidarse de él hasta que apareció Ed Wood.

Wood era un director caótico, apasionado y profundamente admirador de Bela Lugosi. Cuando prácticamente nadie contaba ya con él, decidió ofrecerle una nueva oportunidad participando en películas de bajo presupuesto como Glen o Glenda (1953) o La novia del monstruo (1955).

Aquellas producciones eran técnicamente desastrosas, pero tenían algo extrañamente humano: mostraban a un actor envejecido intentando aferrarse desesperadamente al cine. Y hay algo tremendamente triste y hermoso en eso.

Sus últimos años

En 1955, Bela Lugosi se convirtió en una de las primeras celebridades en reconocer públicamente su adicción a la morfina y al alcohol ingresando voluntariamente en rehabilitación. Fue un gesto valiente para una época que todavía ocultaba ese tipo de problemas.

Poco después rodó una última película antes de fallecer el 16 de agosto de 1956 en Los Ángeles a los 73 años.

La leyenda asegura que Frank Sinatra ayudó económicamente a financiar su funeral.

Y sí, Bela Lugosi fue enterrado con la capa de Drácula.

Es imposible imaginar un final más simbólico.

El legado eterno de Bela Lugosi

Décadas después de su muerte, su influencia seguía viva.

En 1979, la banda Bauhaus publicó «Bela Lugosi's Dead», uno de los temas fundamentales para el nacimiento del rock gótico. La canción, oscura y atmosférica, terminó convirtiéndose en un himno de culto y apareció años después en El Ansia (1983), protagonizada por David Bowie, Catherine Deneuve y Susan Sarandon.

Y creo que eso resume perfectamente lo que significó Bela Lugosi para la cultura popular.

Pues, realmente, no fue simplemente un actor que interpretó a Drácula, fue el hombre que consiguió que el vampiro dejara de ser únicamente un monstruo para convertirse en un icono eterno del cine.