El videoclub BlockBuster
Un viaje nostálgico al imperio azul del alquiler de películas: el ascenso, la caída y el legado emocional de Blockbuster Video, el templo perdido de los viernes por la tarde.
Por Iñaki Lobo Sánchez · · 8 min de lectura · 1833 palabras
Blockbuster Video: Mi templo perdido
No hace mucho, estuve hablando con mi colega, Luis Carballés, en una de nuestras frecuentes tertulias nostálgicas de «pollas viejas» en la que me comentó que BlockBuster pretendía regresar. La forma de su regreso no sería la que tu y yo estamos pensando ahora mismo, no. Sería una reinvención actualizada a tiempos modernos. Y, durante la charla, me invadió una emoción dormida en la memoria, que a veces es traicionera.
Recuerdo un tiempo en que ver una película exigía algo más que pulsar un icono en una pantalla. Mucho antes de que el algoritmo decidiera por nosotros qué debía apetecernos y de que el interminable scroll sustituyera al placer de descubrir, existía un lugar donde el cine tenía peso, volumen e incluso olor. Un lugar donde las películas esperaban alineadas en estanterías y donde cada visita encerraba la promesa de una pequeña aventura. Ese lugar era el videoclub.
Y por encima de todos ellos hubo un nombre que terminó convirtiéndose en sinónimo de aquel ritual: Blockbuster Video. Durante casi dos décadas fue el gran imperio del entretenimiento doméstico, el gigante que transformó el alquiler de películas en una experiencia reconocible en cualquier rincón del mundo. Su ascenso fue tan espectacular como su derrumbe, y su desaparición marcó también el final de una manera de entender el cine que hoy resulta arqueológica.
Tomad vuestra entrada. Conservadla bien. Porque lo que sigue no es solo la historia de una empresa, sino el recorrido por una época en la que elegir una película formaba parte del espectáculo. Y, ya que estamos... poned las palomitas al fuego.
El origen de una palabra destinada a hacer ruido
El término «blockbuster» jamás nació pensando en el cine. Su origen es mucho menos amable: Durante la Segunda Guerra Mundial se utilizaba para describir bombas de enorme capacidad destructiva, artefactos capaces de arrasar una manzana entera (un block) con una sola explosión. Era una palabra asociada al impacto, al exceso y a la imposibilidad de pasar desapercibido.
La industria cinematográfica entendió muy pronto el potencial de aquel término y lo hizo suyo. Desde mediados del siglo XX comenzó a utilizarse para definir aquellas películas que arrasaban en taquilla, espectáculos concebidos para convertirse en acontecimientos multitudinarios.
Cuando una joven empresa dedicada al alquiler de películas decidió bautizarse como Blockbuster, el mensaje era transparente: no aspiraba a ser un videoclub cualquiera. Quería convertirse en la casa de los grandes éxitos, en el lugar donde el público acudiría buscando aquello de lo que todo el mundo hablaba. No prometía, precisamente, cine de autor o joyas ocultas del séptimo arte. Prometía impacto: fuerte y directo. Spoiler: lo cumplió.
Cuando un informático revolucionó los videoclubs
Paradójicamente, el hombre que levantó el mayor imperio del alquiler de películas ni siquiera procedía del negocio del cine. En 1985, David Cook fundó Blockbuster en Dallas después de desarrollar su carrera en el mundo del software y la gestión informática. Esa experiencia acabaría siendo decisiva.
Los videoclubs de la época eran negocios profundamente caóticos. Las cintas desaparecían con facilidad, los inventarios se llevaban casi a mano, apenas había copias de los grandes estrenos y encontrar una película dependía muchas veces de la suerte. Cook decidió aplicar la lógica de una empresa tecnológica a un negocio que funcionaba todavía con mentalidad artesanal. Así pues, introdujo sistemas informatizados de inventario, un control exhaustivo del stock, análisis de hábitos de consumo y procedimientos estandarizados que permitían saber qué películas debía tener cada tienda y en qué cantidad. Mientras el pequeño videoclub de barrio sobrevivía gracias al conocimiento de su propietario y a una clientela fiel, Blockbuster funcionaba como una maquinaria perfectamente engrasada. Su primer establecimiento ya dejaba claras las diferencias: espacios amplios, iluminación brillante, estanterías perfectamente ordenadas por géneros y decenas de copias de los títulos más solicitados.
Donde otros ofrecían incertidumbre, Blockbuster ofrecía la tranquilidad de saber que probablemente encontrarías aquello que habías ido a buscar.
De cadena comercial a fenómeno mundial
Dos años después de su nacimiento, la empresa fue adquirida por Wayne Huizenga, un empresario especializado en convertir compañías prometedoras en gigantes multinacionales. Con él al mando comenzó una expansión sencillamente arrolladora. Durante los años noventa Blockbuster abrió miles de establecimientos en Estados Unidos y dio el salto a Europa, Hispanoamérica, Asia y Oceanía hasta superar las nueve mil tiendas repartidas por todo el planeta.
La marca dejó de competir con otros videoclubs. Se convirtió en el modelo que todos intentaban copiar. Su presencia era tan dominante que, para millones de personas, alquilar una película pasó a ser prácticamente lo mismo que entrar en un Blockbuster. Pocas empresas han logrado apropiarse de una actividad cotidiana con semejante eficacia.
Las grandes marcas nunca venden únicamente productos, sino sensaciones. Blockbuster comprendió muy pronto que cada visita debía resultar familiar, independientemente del país en el que se encontrara el cliente. Todo obedecía a un mismo lenguaje visual: El intenso azul corporativo envolvía el establecimiento, el famoso logotipo con forma de entrada rasgada presidía cada fachada, las novedades ocupaban siempre las posiciones estratégicas, los pasillos parecían infinitos, las zonas de aperitivos invitaban a completar el ritual. Nada era casual.
Entrar en un Blockbuster significaba saber exactamente dónde estaba cada cosa. Hoy esa previsibilidad podría parecer impersonal, pero entonces generaba confianza. Incluso las célebres multas por retraso, odiadas por generaciones enteras de clientes, formaban parte de un sistema que convertía el tiempo en un valor económico.
Los viernes tenían un destino
Resulta difícil explicar a quien solo ha conocido el streaming lo que significaba un viernes por la tarde en un videoclub. No se iba únicamente a alquilar una película, se iba a pasar un rato. Se recorrían los pasillos con calma, se discutía durante media hora para terminar viendo algo completamente distinto. Una carátula espectacular podía cambiar todos los planes. Las recomendaciones del empleado valían más que cualquier porcentaje de compatibilidad calculado por una inteligencia artificial. Es decir, elegir bien era una experiencia social. Incluso equivocarse tenía su encanto porque una película decepcionante generaba conversaciones, bromas y recuerdos. Hoy, en cambio, acumulamos cientos de títulos disponibles al instante mientras pasamos más tiempo decidiendo qué ver que disfrutando realmente de una película.
La comodidad ha resuelto muchos problemas, sí, pero también ha limado buena parte de la emoción que acompañaba al descubrimiento. El algoritmo ofrece eficiencia, el videoclub ofrecía historias antes incluso de pulsar el botón de play.
El error que cambió la historia
Toda gran caída comienza cuando el éxito convence a una empresa de que el futuro seguirá pareciéndose al presente. En el año 2000 ocurrió uno de los episodios empresariales más conocidos de las últimas décadas. Una pequeña compañía llamada Netflix ofreció venderse a Blockbuster por aproximadamente cincuenta millones de dólares. La respuesta fue negativa.
Desde la perspectiva de la época parecía una decisión razonable. Blockbuster dominaba el mercado con millones de clientes, miles de establecimientos y beneficios extraordinarios. Netflix apenas era un servicio de envío de DVD por correo. El problema no fue rechazar la compra, fue no comprender qué representaba aquella empresa.
Netflix no vendía DVD, sino que lo que ofrecía era comodidad. Y, la comodidad, cuando aparece una tecnología capaz de sostenerla, suele terminar imponiéndose. Es triste, pero cierto.
Mientras Blockbuster seguía dependiendo de tiendas físicas, desplazamientos, devoluciones y sanciones por retraso, Netflix eliminaba uno tras otro todos esos obstáculos. Después llegó el streaming y, con él, desaparecieron incluso los discos.
Cuando Blockbuster intentó reaccionar, el cambio cultural ya era irreversible. En 2010 la compañía se declaró en bancarrota. Las persianas comenzaron a bajar. Miles de establecimientos desaparecieron. Aquellos inmensos templos azules fueron sustituidos por gimnasios, supermercados, tiendas de ropa o simplemente por locales vacíos. No solo desaparecía una empresa... se extinguía una costumbre.
El último Blockbuster del planeta
Contra todo pronóstico, todavía queda un establecimiento abierto. Se encuentra en Bend, en el estado de Oregón. No sobrevive gracias al alquiler de películas. Continúa en pie gracias a la memoria colectiva; quienes cruzan sus puertas no buscan la forma más rápida de ver una película. Buscan reencontrarse con una sensación.
Las estanterías siguen ahí, las carátulas continúan ordenadas como hace treinta años, el sistema de alquiler permanece prácticamente intacto. Más que un negocio, es un museo donde aún está permitido tocar las piezas.
Cuando pienso en el inconfundible olor de aquellos establecimientos, deseo volver. Las palomitas embolsadas, el logotipo sobredimensionado en el estuche del VHS... eso me lleva, por momentos a pensar si un regreso tendría sentido. En si sería buena idea, si tal vez me sobrase el dinero, abrir un videoclub que transmitiese en mi barrio esa misma sensación. Estaría bien, ¿verdad? Quizá lo llamase «La Frikoteka» ...no lo sé.
Como empresa concebida para dominar el mercado del alquiler físico, Blockbuster pertenece definitivamente al pasado. Ese modelo murió. Sin embargo, su marca conserva algo que muchas compañías actuales envidiarían: una enorme carga emocional. Porque representa una época en la que el entretenimiento se compartía físicamente, en la que salir de casa formaba parte del plan y en la que las conversaciones nacían delante de una estantería repleta de carátulas.
Un hipotético regreso solo tendría sentido si abandonara la idea de competir con las plataformas y abrazara aquello que ellas nunca podrán ofrecer: la experiencia tangible: Espacios culturales, encuentros cinéfilos, eventos o exposiciones. Es decir, lugares donde el cine vuelva a sentirse como algo que se vive y no simplemente como un archivo que se reproduce.
Mucho más que un videoclub
Blockbuster fue una empresa extraordinariamente exitosa y, al mismo tiempo, víctima de su propia incapacidad para interpretar el cambio tecnológico. Pero reducir su historia a un simple fracaso empresarial sería injusto. También fue el símbolo de una época en la que el cine exigía cierta implicación por parte del espectador; había que desplazarse, había que elegir, aceptar que quizá la película que buscabas ya estuviera alquilada y asumir esa pequeña frustración porque hacía que encontrarla la semana siguiente resultara todavía más satisfactorio. En la visita al videoclub siempre te llevabas algo en materia emocional, aunque te marchases con las manos vacías.
Hoy disfrutamos de un catálogo prácticamente infinito sin levantarnos del sofá. Es una conquista tecnológica indiscutible y nadie sensato renunciaría a sus ventajas. Admito que yo mismo he digitalizado una copia de todas las películas originales que tengo (y que sigo comprando) para almacenarlas en mi propio servidor doméstico con la finalidad de hacer más cómodo, accesible y actual el método en el que me siento a ver una película. Sin embargo, esa abundancia también ha convertido el acto de ver cine en un gesto rutinario, automático, gobernado por recomendaciones que conocen nuestros hábitos mejor que nosotros mismos.
En aquellos pasillos azules no existían algoritmos que anticiparan nuestros gustos. Existía algo bastante más imprevisible: la curiosidad. No me cabe duda de que ese es el motivo por el que sigo recordando aquellos templos del entretenimiento doméstico con tanta intensidad. No se trataba de alquilar películas. Íbamos, sin saberlo, a buscar recuerdos que décadas después siguen rebobinándose solos.
¿A ti también te pasa?